
La Educación Transformadora de Género (ETG) propone transformar las relaciones de poder que reproducen desigualdades de género, raza, etnia y otras formas de discriminación. Más que promover la igualdad entre mujeres y hombres, invita a cuestionar las estructuras que sostienen las múltiples opresiones y a construir procesos educativos comprometidos con la justicia social.
En América Latina y el Caribe, este desafío pasa necesariamente por reconocer que el racismo y el patriarcado operan de manera articulada y que la escuela puede convertirse en un espacio capaz de ampliar derechos, fortalecer la democracia y abrir nuevos horizontes para niñas, niños, adolescentes y personas jóvenes.
En esta entrevista, Evelyn Buenaño Ramírez, hija de madre indígena y padre afrodescendiente, activista del movimiento afroperuano e integrante de Foro Educativo, organización miembro de la Campaña Peruana por el Derecho a la Educación (CPDE), que forma parte de la membresía de la CLADE, comparte reflexiones sobre su propia trayectoria, la importancia de una educación pública antirracista y feminista, los retrocesos en torno a la Educación Sexual Integral en Perú y los caminos para construir una educación verdaderamente transformadora.
La entrevista fue realizada por Thais Iervolino, coordinadora de comunicación y movilización del equipo regional de la CLADE.
Tu trayectoria personal y profesional está marcada por la educación pública y por una historia familiar de resistencia. ¿Cómo fue ese camino?
Evelyn Buenaño: Creo que es importante empezar diciendo quién soy. Soy hija de Celestina, una mujer indígena cusqueña que no pudo concluir la educación primaria debido a la pobreza, las exclusiones y las discriminaciones que marcaron el contexto en el que vivió. Sin embargo, siempre la he considerado una de las mujeres más inteligentes de mi vida. Haber avanzado en la academia nunca cambió esa percepción, porque la inteligencia no depende de la educación formal. Ella nunca dejó de aprender.
Mi padre, Fabio, persona afrodescendiente de Chincha, zona de gran concentración de población afroperuana. Él y toda su familia han estado muy presentes en mi vida. Por eso se podría decir que soy afroindigena, o mejor aún, que soy hija de la interculturalidad, porque además de descender de pueblos indígenas y afrodescendientes, también he habitado y participado del dialogo intercultural a lo largo de mi existencia.
Hay elementos indígenas que atraviesan mi manera de ser, de hacer y de comprender el mundo, porque lo veo también desde la experiencia de mi madre. Incluso mi forma de entender la resistencia y los temas de género está marcada por esa experiencia colectiva. Al mismo tiempo, la presencia afrodescendiente ha sido muy fuerte en mi vida.
Me parece importante situar desde dónde nombro y desde dónde interpreto mi experiencia: una familia afrodescendiente en la que las mujeres ocupan un lugar central. Ellas han sido fundamentales en la politización de mi vida y de mi experiencia. Todo ese recorrido también acompañó mi proceso académico. Las dos vertientes de mi historia, la indígena y la afrodescendiente, han estado presentes en las preguntas que llevé a la universidad y en los debates que decidí construir desde la investigación.
También soy hija de la educación pública. Estudié en un colegio Fe y Alegría, una escuela pública con un fuerte componente religioso, pero que representaba la mejor oportunidad educativa para una familia que vivía en un contexto de pobreza. Mis padres hicieron una apuesta muy clara por la educación.
Quiero reconocer especialmente a mi padre, porque, sin nombrarse así, creo que era un hombre feminista. Siempre entendió que lo más importante para nosotras —sus tres hijas— era acceder a la educación. Mi madre también desempeñó un papel decisivo al sostenernos en ese camino con todas las herramientas que tenía a su alcance.
Cuando terminé la secundaria, no tenía muy claro qué quería estudiar. Sabía que existía la universidad y que esa era la posibilidad de construir otro horizonte para mi vida. Muchas personas me decían que tenía facilidad para dialogar y relacionarme con otras personas, y así apareció la Psicología como una opción. Ingresé a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sabía que no podía estudiar en una universidad privada; la universidad pública era mi oportunidad.
En mi familia muy pocas personas habían accedido a la educación superior. Algunos primos, principalmente hombres, y unas pocas primas habían llegado antes a la universidad. Mi generación fue una de las primeras en recorrer ese camino.
Mis padres migraron desde el sur del país hacia Lima, como muchas otras familias peruanas. Allí también pude observar cómo operaban las desigualdades de género. En muchas familias se discutía cuál de las hijas o de los hijos tendría la oportunidad de estudiar, y generalmente la prioridad era para los varones. En nuestro caso, como éramos tres hermanas, mis padres decidieron apostar por la educación de las tres. Esa decisión hizo una enorme diferencia en nuestras vidas.
Fue también durante mis años en la universidad cuando empecé a comprender que el mundo era mucho más amplio de lo que conocía. Me vinculé a organizaciones sociales y ese fue un momento muy importante para empezar a cuestionar mi lugar de enunciación y encontrar herramientas para problematizar la identidad, la desigualdad social, el género y la raza.
Allí comenzó otra manera de comprender el mundo. Hay algo que siempre me gusta compartir porque muchas veces, cuando alguien conoce mi trayectoria, me dice que logré cumplir mis sueños. Yo no lo veo así.
Cuando una viene de contextos como el mío, muchas veces no puede soñar con determinadas cosas porque ni siquiera sabe que existen. Nadie extraña lo que no conoce. Muchas de las oportunidades que tuve las fui descubriendo en el camino, no porque hubieran formado parte de un sueño previo, sino porque fui tratando de comprender quién era yo dentro de este contexto social y político. Ese proceso estuvo acompañado por mi familia, pero también por muchas personas y organizaciones que fueron fundamentales en mi formación política.
A partir de ese recorrido empecé a entender que el mundo era mucho más grande. Era la época de la Conferencia Mundial contra el Racismo de Durban y de importantes debates internacionales sobre discriminación y derechos humanos. Todo eso me permitió comprender mejor mi propia posición en la sociedad, incorporar nuevas categorías de análisis y contribuir de manera más consciente a las agendas colectivas.
Más adelante también comencé a acercarme al activismo de las mujeres negras y a los feminismos. Paralelamente trabajé durante muchos años en la defensa de los derechos de niñas y niños, una experiencia que transformó profundamente mi manera de entender la educación y la justicia social. Las niñas tienen una enorme capacidad para cuestionar el mundo, para imaginar otras posibilidades y para enseñarnos a mirar la realidad desde otros lugares.
Después decidí estudiar políticas sociales y desarrollo humano para comprender mejor el funcionamiento del Estado y las políticas públicas. Ese camino también me llevó a profundizar en los estudios de género y de raza, hasta realizar un doctorado en Políticas de Género e Igualdad en España.
En realidad, nuevamente fueron las oportunidades las que marcaron ese camino. Mi intención inicial era venir a Brasil, pero era más viable acceder a una beca en España. Eso nunca significó alejarme de América Latina. Por el contrario, seguí pensando mi trabajo desde la región, dialogando con los feminismos antirracistas y las perspectivas decoloniales latinoamericanas.
¿Cuál es el camino para construir una Educación Transformadora de Género (ETG) y una educación antirracista? ¿Cómo pueden contribuir a que niñas, niños y adolescentes amplíen sus horizontes y sepan que pueden llegar hasta donde deseen?
Evelyn Buenaño: Creo que, en el contexto político que vivimos, tenemos desafíos muy importantes para garantizar una educación que sea feminista y antirracista, y que permita a las niñas, en particular, pero también a los niños, imaginar otros futuros.
Las niñas necesitan saber que pueden ser mucho más de lo que históricamente se les ha dicho que pueden ser. Y los niños también necesitan reimaginar sus masculinidades y cuestionar los mandatos que la sociedad les impone sobre lo que significa ser hombre. La educación tiene un papel fundamental en ese proceso.
Nadie elige dónde nace. El contexto familiar o comunitario puede abrir oportunidades, facilitar que una persona cuestione el mundo y avance en determinados caminos. Pero, en muchos casos, también puede convertirse en una camisa de fuerza. Ahí la escuela tiene una responsabilidad enorme. La escuela puede convertirse en ese espacio capaz de reparar desigualdades y redistribuir oportunidades de una manera mucho más justa.
También puede ayudar a reimaginar qué significa ser niña, qué significa ser niño, qué significa ser mujer y qué significa ser hombre, más allá de los límites que han sido establecidos hasta ahora por una sociedad patriarcal y racista.
Sin embargo, creo que hoy las escuelas también están siendo fuertemente amenazadas por el contexto político que vivimos en nuestra región. Hemos visto retrocesos muy importantes en materia de género y en políticas como la Educación Sexual Integral, que fortalecían mecanismos para que las niñas pudieran cuestionar las desigualdades y problematizar las violencias que atraviesan sus vidas.
Ese es uno de los grandes desafíos que enfrentamos hoy: cómo lograr que la escuela siga siendo un instrumento de liberación y no un espacio que reproduzca sistemas de opresión racistas y patriarcales, como muchas veces ha ocurrido.
Pero esa transformación no puede depender únicamente de la escuela. No podemos pensar una escuela aislada de su entorno social. Necesitamos una escuela integrada a su comunidad, capaz de dialogar con los territorios, de problematizar la realidad y de incorporar los aprendizajes que nacen en las periferias, en las organizaciones sociales, en los pueblos indígenas, afrodescendientes y en otros espacios donde también se produce conocimiento.
Creo que ese es uno de los grandes retos para América Latina y el Caribe. En países como el Perú, donde vivimos retrocesos muy preocupantes, los movimientos sociales tienen un papel decisivo para atravesar las fronteras físicas de la escuela y recordar que la educación no ocurre únicamente dentro del aula.
Si queremos una Educación Transformadora de Género y una educación antirracista, necesitamos superar una visión eurocéntrica, patriarcal y racista de la educación. Eso implica reconocer que la transformación educativa también se construye desde las comunidades, desde los movimientos sociales y desde las experiencias cotidianas de quienes históricamente han sido excluidas y excluidos de la producción de conocimiento.
Solo así podremos avanzar hacia procesos educativos verdaderamente transformadores y comprometidos con la justicia social.
Hace algunos años, el Perú se convirtió en una referencia regional con la implementación de la Educación Sexual Integral (ESI). Sin embargo, en los últimos años se han producido importantes retrocesos. ¿Por qué la ESI es un componente fundamental de una ETG y qué implican estos retrocesos para el derecho a la educación?
Evelyn Buenaño: La Educación Sexual Integral (ESI) es una herramienta fundamental para proteger a las niñas y a los niños frente a las diferentes formas de violencia, incluida la violencia sexual.
Sabemos que existe un porcentaje muy alto de niñas que sufren violencia sexual, tanto dentro de sus familias y comunidades como en las propias escuelas. Que puedan acceder a una Educación Sexual Integral significa también contar con herramientas para reconocer esas violencias, protegerse y encontrar mecanismos de apoyo. Esto también beneficia a los niños, que igualmente pueden ser víctimas de violencia sexual, aunque las cifras muestran que el impacto recae de manera desproporcionada sobre las niñas.
Pero la ESI va mucho más allá de la prevención de la violencia. También permite cuestionar las representaciones tradicionales sobre lo que significa ser niña, ser mujer o ser hombre, y problematizar las prácticas discriminatorias que todavía colocan a las niñas en una posición de subordinación. En muchos contextos, las niñas siguen siendo tratadas más como objetos que como sujetas de derechos, incluso dentro de sus propias familias y comunidades.
Por eso era tan importante contar con una política pública que obligara al Estado a desarrollar respuestas específicas frente a estas desigualdades.
Lamentablemente, muchos sectores han reducido el debate sobre la Educación Sexual Integral a una discusión exclusivamente relacionada con las relaciones sexuales. Esa simplificación ha sido promovida por grupos conservadores y no refleja el verdadero sentido de la ESI.
La sexualidad tiene una comprensión mucho más amplia. Forma parte del desarrollo físico, emocional, psicológico y social de las personas. Desde esa perspectiva, la Educación Sexual Integral invitaba a docentes y comunidades educativas a comprender mejor las relaciones que se construyen dentro de la escuela y a promover espacios más seguros, igualitarios y respetuosos para niñas y niños.
Por eso considero que los retrocesos que vivimos hoy son muy dolorosos. Significan romper con muchos años de trabajo impulsado por organizaciones feministas, organizaciones que defienden los derechos de la niñez y muchos otros actores sociales que construyeron esta agenda de manera colectiva.
Aun así, mantengo la esperanza. Aunque (políticamente) la política pública haya sido debilitada, sé que existen muchas y muchos docentes que seguirán educando para la igualdad de género y continuarán incorporando los principios de la Educación Sexual Integral en sus prácticas pedagógicas. Lo harán porque conocen su importancia y porque comprenden el enorme poder transformador que tienen las relaciones que se construyen dentro de la escuela para proteger a las niñas, prevenir las violencias y promover una educación más justa.
Esa esperanza, sin embargo, debe ir acompañada de la movilización social. Organizaciones como Foro Educativo, la Campaña Peruana por el Derecho a la Educación y muchos otros movimientos sociales tienen la responsabilidad de seguir exigiendo que el Estado revierta estos retrocesos y restituya una política pública que es indispensable para garantizar el derecho a la educación, la igualdad de género y la protección de niñas, niños y adolescentes.
¿Cuáles son los aportes de una educación transformadora para la construcción de una sociedad más justa? ¿Qué gana la sociedad cuando incorpora las perspectivas de los pueblos indígenas, afrodescendientes y la igualdad de género en la educación?
Evelyn Buenaño: Creo que, desde todas estas luchas, estamos enfrentando un mismo sistema. El patriarcado y el racismo no actúan por separado: se alimentan mutuamente, se fortalecen y se necesitan para mantenerse como sistemas de dominación.
Por eso, cuando los pueblos indígenas, los pueblos afrodescendientes, los movimientos feministas y otros movimientos sociales luchan por sus derechos, en realidad están enfrentando las mismas estructuras de poder. La articulación entre estas agendas es lo que puede acelerar el desmantelamiento del patriarcado y del racismo, porque ambos también se articulan con el neoliberalismo y con las desigualdades que atraviesan nuestras sociedades.
Lo primero que necesitamos reconocer es que tenemos los mismos adversarios. El patriarcado y el racismo se complementan para sostener relaciones de dominación. Si esos sistemas se articulan para reproducir las desigualdades, nuestras luchas también deben articularse para transformarlas.
No vamos a alcanzar la justicia de género sin justicia racial. Tampoco vamos a alcanzar la justicia racial sin justicia de género. Son procesos inseparables.
Hay cuerpos que encarnan esa realidad todos los días. Pienso especialmente en las mujeres negras y en las mujeres indígenas, que no pueden separar una identidad de la otra cuando enfrentan las desigualdades en su vida cotidiana. Esas dimensiones interactúan permanentemente y refuerzan las distintas formas de opresión.
Por eso necesitamos que esa perspectiva también llegue a la educación. Pero no basta con incorporar estos temas como contenidos dentro del aula. Es necesario traer a esos cuerpos, a esas experiencias y a esas voces a las conversaciones, a la definición de las políticas públicas, a la construcción de las agendas educativas y a los espacios donde se toman las decisiones.
Todavía tenemos mucho que aprender. He conocido espacios políticos donde la lucha de clases ocupaba el centro del debate y las desigualdades de género quedaban postergadas. También he visto espacios donde el género era una prioridad, pero la cuestión racial era relegada.
Creo que hoy ya no podemos aceptar esa separación. Si realmente queremos construir una agenda capaz de transformar los sistemas de opresión, necesitamos comprender que la perspectiva interseccional no es un complemento: es una condición para esa transformación.
Las interseccionalidades importan. También importan las presencias. Las personas que viven esas experiencias deben participar en la construcción de las respuestas, porque solo así podremos avanzar hacia una educación comprometida con la justicia social y capaz de transformar nuestras sociedades.
>>Escucha el audio de la entrevista completa aquí:





