En América Latina y el Caribe, el acceso a la ciencia de niñas y mujeres enfrenta brechas y desigualdades históricas de género. Aunque la matrícula femenina en educación básica y media tiene un leve crecimiento, la tendencia es a la disminución a medida que avanzan las trayectorias educativas hacia carreras científicas y tecnológicas.
Menos del 30 por ciento de las personas que trabajan como investigadoras científicas, son mujeres a nivel global, según cifras del Instituto de Estadística de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO – UIS), por su parte en registros de las disciplinas STEM (por sus siglas en inglés se refiere a ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) esa proporción es aún menor. Si se considera a quienes acceden a carreras STEM en educación superior, la proporción de mujeres estimada es aproximadamente de 34 % en Argentina, de 25 % en Chile, 30 % en Brasil y de 38 % en México, cifras que reflejan una subrepresentación persistente en la región. Todo ello influye en la fuerza de trabajo científica y tecnológica, ya que persisten las restricciones de oportunidades individuales, la limitación de la capacidad de los países para innovar y la respuesta a los desafíos sociales, ambientales y económicos contemporáneos.
La exclusión educativa en este campo del conocimiento se traduce en una menor presencia de mujeres en investigación, desarrollo tecnológico y profesiones científicas. Cuando las niñas no reciben una educación STEM de calidad, pierden acceso a campos profesionales que generan creatividad, reconocimiento académico-social, innovación y alto impacto económico. Además, el acceso limitado a la ciencia profundiza desigualdades socioeconómicas y de participación ciudadana, perpetuando un ciclo de discriminación que restringe el ejercicio de derechos humanos y su potencial contribución al desarrollo colectivo.
11 de febrero: una fecha para visibilizar derechos
Cada 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de las Niñas y las Mujeres en la Ciencia, proclamado por las Naciones Unidas para reconocer su aporte al conocimiento y visibilizar las barreras (estereotipos, discriminación, falta de referentes y desigualdades educativas) que enfrentan para participar plenamente en estos campos, siendo una oportunidad para la defensa de la agenda permanente por la igualdad.
En ocasión de la fecha se reitera el llamado a los Estados y sistemas educativos a eliminar estereotipos, discriminaciones y violencias; a promover políticas públicas que garanticen la participación de niñas, adolescentes jóvenes, mujeres adultas y adultas mayores desde la escuela hasta la investigación e innovación y que insistan en implementar estrategias que aseguren el acceso, permanencia y liderazgo.
La ciencia es una dimensión fundamental del derecho humano a la educación, no se trata únicamente de adquirir contenidos técnicos, sino de desarrollar pensamiento crítico, creatividad y habilidades para resolver problemas complejos. Una educación científica de calidad permite comprender situaciones como el cambio climático, la salud pública o la transformación digital, al tiempo que amplía el acceso a empleos dignos y mejor remunerados. Garantizar este aprendizaje con una perspectiva crítica y emancipadora desde los primeros años es clave para construir sociedades más democráticas, sostenibles y participativas.
Se subraya la necesidad de marcos educativos que integren inteligencia artificial, ciencias y justicia de género para hacer realidad el derecho humano a la educación sin discriminación.
Conectar IA, ciencia y justicia educativa desde una perspectiva de género
En el contexto del tema de este año 2026, a propósito del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia que abraza el llamado en “aprovechar las sinergias entre la inteligencia artificial, las ciencias sociales, las ciencias, la tecnología, la ingeniería, las matemáticas y el sistema financiero: construir un futuro inclusivo para las mujeres y las niñas” se invita a profundizar los aportes para un presente y futuro más inclusivo.
La CLADE retoma el estudio Derechos Digitales: riesgos y avances hacia la garantía del Derecho Humano a la Educación en América Latina y el Caribe, que cuenta con datos clave sobre las desigualdades de género en el acceso a carreras relacionadas con las ciencias. Alerta igualmente que las políticas de digitalización educativa en la región deben ir más allá del acceso tecnológico para enfrentar las brechas de género persistentes “la implementación de Tecnologías Digitales de Información y Comunicación (TDIC) en la educación añadió una dimensión de desigualdad en la sociedad, la brecha digital de género”, y muestra que las mujeres ocupan menos del 25 % de empleos en ciencia, ingeniería y tecnologías de la información. Esta evidencia subraya la necesidad de marcos educativos que integren inteligencia artificial, ciencias y justicia de género para hacer realidad el derecho humano a la educación sin discriminación.
El estudio analiza cómo la digitalización de la educación en la región ha sido impulsada por procesos globales y nacionales que, si bien ofrecen nuevas posibilidades educativas, también profundizan desigualdades estructurales existentes, especialmente de género. El documento sostiene que la incorporación de TDIC implica consideraciones de sistemas educativos analógicos y formatos digitales, lo cual “no solo requiere conectividad y equipamiento, sino también políticas públicas con perspectiva de derechos humanos que aseguren la accesibilidad, la equidad y la adaptabilidad de la educación digital para todas y todos”.
Brechas que comienzan en la infancia: niñas, mujeres y conocimiento para transformar
Las desigualdades de género se construyen desde edades tempranas, lo cual se evidencia con la reproducción de estereotipos (ver Glosario CLADE) que asocian la ciencia y la tecnología con lo masculino e influyen en las expectativas familiares, escolares y sociales, afectando la autoconfianza de las niñas y sus decisiones vocacionales. Aun cuando muestran desempeños académicos similares a los niños, muchas adolescentes no eligen matemáticas, ingeniería o informática por falta de referentes, orientación o apoyo. Estas brechas se profundizan en la educación superior y se traducen en menor presencia femenina en investigación, liderazgo académico y desarrollo tecnológico, espacios en los cuales las mujeres enfrentan techos de cristal (Ver Glosario CLADE), precarización y menor reconocimiento en la producción científica.
El informe Mujeres en ciencia y tecnología: cómo derribar las paredes de cristal en América Latina del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC, Argentina, 2021) afirma que “existen obstáculos simbólicos que operan desde la infancia y la adolescencia, y que se traducen en actitudes sociales y sesgos que excluyen a muchas mujeres de las ciencias más duras. Estos obstáculos simbólicos se encuentran en diferentes ámbitos: en los medios de comunicación, en el espacio familiar y en la escuela.”
Incorporar un enfoque de género interseccional (ver Glosario CLADE) en STEM implica reconocer que el problema no radica en capacidades individuales, sino en condiciones estructurales que moldean trayectorias educativas diferenciadas y que limitan o potencian oportunidades. Revisar currículos, prácticas pedagógicas y entornos escolares es fundamental para erradicar sesgos sexistas (Ver Glosario CLADE) y promover espacios seguros e inclusivos.
“Muchas de las mujeres especializadas en Ciencia y Tecnología (CyT) no consolidan carreras profesionales en esos ámbitos, ya sea porque no toman puestos de trabajo en CyT o bien los abandonan en algún momento. Esta situación es conocida en la literatura especializada como <tuberías con fugas> y se utiliza para describir cómo las mujeres abandonan los campos de CyT en todas las etapas de sus carreras”, señala el informe del CIPPEC.
Desde una perspectiva de derechos, garantizar el acceso equitativo de las niñas a STEM significa ampliar sus oportunidades educativas, laborales y de participación social, reduciendo brechas de género históricas en áreas científicas y tecnológicas.
El efecto Matilda: el sexismo histórico en la ciencia
La exclusión de las mujeres de la ciencia no es solo un fenómeno actual, se ha sostenido en la comunidad científica y académica a lo largo de la historia. El “Efecto Matilda” describe la tendencia sistemática basada en prejuicios a invisibilizar o atribuir a hombres los logros científicos realizados por mujeres, negándoles reconocimiento, autoría o premios. El término fue acuñado en 1993 por la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter, quien lo nombró así en honor a Matilda Joslyn Gage, una sufragista del siglo XIX que ya en 1870 había señalado cómo los aportes de mujeres inventoras y científicas eran ignorados o adjudicados a hombres en su ensayo “La mujer como inventora”.
A lo largo del tiempo, numerosas investigadoras han visto sus aportes minimizados o borrados de la memoria colectiva y los registros académicos científicos, lo que refuerza la idea de que la ciencia es un territorio masculino y priva a las nuevas generaciones de referentes inspiradores. Reconocer estas injusticias es fundamental para construir una historia de la ciencia más justa y diversa, que valore el papel de las mujeres y repare desigualdades simbólicas y materiales.
Contar con historias significativas resulta decisivo, mencionamos cuatro, aunque pudieran ser muchas más: Gabriela Salas, científica mexicana que incorporó el náhuatl en herramientas digitales con impacto global contextualizada para niñas y mujeres indígenas; Marva Spence Sharpe, investigadora sociolingüística afrocostarricense con aportes a la conservación de lenguas criollas afrodescendientes; en la región andina; María Toa Quindi Pomavilla es una mujer Kichwa del pueblo Cañari, quien lidera el Proyecto Warmi STEM; Ana María Pereira Neto investigadora sobre biocombustibles, aprovechamiento de residuos y sostenibilidad del Centro de Ingeniería, Modelado y Ciencias Sociales Aplicadas (CECS) en Brasil. Estas cuatro trayectorias muestran que cuando se garantizan los derechos humanos, entre ellos la educación, existen oportunidades para transformar el conocimiento y, por lo tanto, la sociedad.
Como señala Guadalupe Ramos Ponce, investigadora y académica de la Universidad de Guadalajara y coordinadora regional del Comité de América Latina y El Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer en México (CLADEM) aliada de CLADE, es oportuno dar “visibilidad a las mujeres científicas, derribar estereotipos y llenar de referentes femeninos a las nuevas generaciones de científicas/os. [En referencia a las científicas] ellas superaron barreras patriarcales para dedicarse a esta profesión, lograron grandes avances y, en muchas ocasiones, no fueron reconocidas por ser mujeres”.
Ciencia sin discriminación para transformar el mundo
Garantizar el derecho humano a la educación científica sin discriminación es una condición para comprender y transformar la realidad, lo que a su vez implica reconocer que la ciencia no es neutral, tanto su investigación como su aplicación se enriquecen cuando se integran múltiples perspectivas, especialmente las de quienes han sido históricamente excluidas.
Las diversidades de miradas enriquecen la producción de conocimiento, fortalecen la pluralidad democrática y amplían las soluciones a los problemas colectivos. Apostar por la inclusión y la equidad de género en la ciencia no solo es una cuestión de justicia para niñas y mujeres, sino una estrategia imprescindible que abre caminos hacia soluciones más justas, inclusivas y creativas para los retos regionales y globales.




