La Semana de Acción Mundial por la Educación de este 2026 nos encuentra en un momento realmente decisivo para nuestra América y Caribe. Por un lado, el llamado de “mantener la llama en alto”, pero desde el aula, desde el territorio, lo que sentimos es un viento helado. La austeridad fiscal, esa vieja receta neoliberal, y la prioridad absoluta que se le da al capital financiero está apagando cualquier posibilidad de educación digna. No es retórica: es la vida cotidiana de nuestras escuelas.
Desfinanciación de la educación pública
Esto no es un accidente. El desfinanciamiento educativo es la continuación de un proyecto colonial que siempre vio a la educación pública y popular como una amenaza para las élites. La SAME nos convoca, pero la pregunta incómoda es si estamos dispuestas/os a radicalizarla o nos quedamos en el acto simbólico. Porque la educación pública no tiene una crisis de gestión: tiene un proceso deliberado de despojo. Y eso lo sabemos quienes habitamos las escuelas todos los días: no faltan ganas, faltan políticas públicas que pongan lo común por encima de lo privado.
Mientras el gasto militar mundial llega a 2,6 billones de dólares —una obscenidad en un planeta con hambre—, los gobiernos y las grandes tecnológicas invierten fortunas en inteligencia artificial para las aulas
El contexto global del 2026 es brutalmente desigual. Mientras el gasto militar mundial llega a 2,6 billones de dólares —una obscenidad en un planeta con hambre—, los gobiernos y las grandes tecnológicas invierten fortunas en inteligencia artificial para las aulas. Plataformas de “aprendizaje personalizado”, vigilancia biométrica, algoritmos que monitorean hasta las emociones. Y al mismo tiempo, las escuelas de los sectores mas vulnerables se caen a pedazos, sin agua potable, sin saneamiento. La paradoja es cruel: se gasta en control, mientras la deserción crece porque no hay apoyo socioeconómico real, ni infraestructura, ni programas de alimentación o salud mental. En este modelo, la Inteligencia Artificial (IA) no libera conciencias: gestiona la escasez, disciplina cuerpos y vigila el descontento. Como dice Silvia Federici, la tecnología bajo el capitalismo no libera, intensifica la explotación.
Y no es que falten recursos, lo que hay es una distribución perversa. Por ejemplo, el pago de la deuda externa en América Latina se come el 70% del gasto educativo. Cada dólar que se va a los acreedores internacionales —Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial, bancos privados— es un dólar que no llega a la infraestructura escolar, a los salarios docentes o a los proyectos comunitarios. Además, más de 22 millones de jóvenes están fuera del sistema educativo, el 11% de los niñas y niños de primaria no acceden a la escuela. La deserción no es una elección, es el resultado de un Estado que prefiere comprar software de vigilancia, antes que reparar un techo o contratar maestros bilingües en territorios indígenas. El 41% de los países de la región ni siquiera alcanza el 4% del Producto Interno Bruto (PIB) en educación, el piso recomendado por la UNESCO. Y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) nos recuerda que con esa parálisis fiscal seguimos siendo la región más desigual del mundo. La educación, en lugar de ser un ascensor social, se convierte en una máquina de reproducir pobreza. Y encima, las corporaciones como Google, Microsoft o Amazon nos roban los datos pedagógicos, las trayectorias escolares, hasta las emociones de estudiantes, para convertirlo en mercancía de un negocio multimillonario.
Labor docente: riesgo y resistencia
La crisis docente es el eslabón que se rompe, pero también el corazón que resiste. Para cumplir con el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 4, el mundo necesita 44 millones de docentes más para 2030. En América Latina y El Caribe, la profesión ha sido degradada con salarios de miseria, sobrecarga administrativa y ataques sistemáticos al sindicalismo. El y la docente hoy es un trabajador/a proletarizado/a: fuga de talentos por todas partes, porque con un sueldo no alcanza ni para la canasta básica.
En Argentina, Brasil, México, Venezuela o Centroamérica, un maestro o maestra necesita dos o tres empleos para vivir. Y eso no es solo económico, es una crisis de sentido. Además, el tiempo que debería ser para la mediación pedagógica, para el vínculo afectivo, se lo devoran los reportes para plataformas algorítmicas. La pedagogía se reduce a la gestión de datos. Y las nuevas generaciones no quieren ser docentes, porque no ven un proyecto de vida digno. Eso va a provocar un colapso del sistema público en la próxima década si no lo frenamos ya. Por si fuera poco, en varios países los movimientos docentes están criminalizados, las escuelas ocupadas militarmente, los gremios perseguidos. Ser docente es hoy una profesión de alto riesgo político.
Hay otra capa que no podemos ignorar: la crisis tiene rostro de mujer y de territorio. El 75% del profesorado son mujeres, y ellas cargan con triple jornada —aula, hogar, comunidad—, brechas salariales de hasta el 30% frente a los varones, precarización, nulas políticas de cuidado y el agotamiento post-pandemia está vaciando las escuelas de maestras experimentadas. La feminización de la enseñanza no es un dato neutro: históricamente sirvió para naturalizar sueldos bajos y sobrecargas invisibilizadas.
Profundizar la pedagogía crítica latinoamericana
La pedagogía crítica latinoamericana tiene que ser feminista, decolonial y territorial. Feminista para desmontar el patriarcado que explota el trabajo docente y niega el cuidado como eje central. Decolonial para recuperar los saberes ancestrales que el colonialismo quiso aniquilar. Territorial para diseñar políticas caminando los territorios, no desde escritorios ministeriales. Las maestras rurales, indígenas, afrodescendientes y de las periferias son la vanguardia silenciosa de la resistencia educativa en Nuestra América.
La SAME 2026 no puede quedarse en una semana de actos y concientización. Tiene que ser un grito por la justicia fiscal, por la soberanía pedagógica, por sacar la educación del mercado. No pedimos migajas. Exigimos que los Estados dejen de priorizar el pago de deudas impagables, que detengan la carrera armamentista y que dejen de saquear la educación con la excusa de la “innovación” tecnológica. Propuestas hay: sistemas tributarios progresivos, que los grandes capitales y las tecnológicas paguen impuestos; defensa de la educación como bien común, frenar la privatización encubierta; revalorización docente con salarios dignos y autonomía; auditoría ciudadana de la deuda externa; regulación pública de la tecnología educativa con software libre; y presupuestos participativos donde las comunidades decidan. La democracia empieza en la escuela.
La educación pública es hoy, más que nunca, la última frontera de la dignidad humana frente al capitalismo de vigilancia y el racismo epistémico que desprecia los saberes populares. Mantener la llama en alto no es mantenerla por inercia. Es avivar el fuego. Incendiar las conciencias. Romper las cadenas presupuestarias que atan nuestro futuro a la usura financiera y a la miseria planificada. La SAME 2026 nos encuentra cansadas pero no vencidas, precarizadas pero organizadas, vigiladas pero creativas. La llama que defendemos es fogón, memoria, rebeldía. Y no se apaga con recortes. Porque otra educación es posible. Porque otra América Latina es necesaria. Porque nos tenemos todas.
Fuentes consultadas:
- CEPAL (2025/2026).Panorama Social de América Latina y el Caribe.
- Informe Global de Monitoreo de la Educación (GEM/UNESCO, 2025).
- Campaña Mundial por la Educación (CME): Documentos de posicionamiento SAME 2026.
- Otras Voces en Educación (OVE): Análisis sobre privatización y extractivismo.
- SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute): Datos sobre gasto militar 2025-2026.
- Federici, S. (2024).Reencantar el mundo: tecnología, cuerpo y común.
- Freire, P. (1970/2025).Pedagogía del oprimido.
- Walsh, C. (2025).Pedagogías decoloniales en Abya Yala.




