Hace 45 años, en un contexto marcado por dictaduras, procesos de democratización y el fortalecimiento de la educación popular en América Latina y el Caribe, organizaciones feministas comenzaron a cuestionar el papel de la educación en la reproducción de las desigualdades entre mujeres y hombres. De ese proceso nació la educación no sexista como una propuesta política y pedagógica que buscaba transformar los contenidos escolares y también las relaciones de poder presentes en las escuelas y en la sociedad.
Desde entonces, la agenda ha contribuido a ampliar derechos, fortalecer políticas públicas e incorporar la perspectiva de género en distintos niveles educativos. Sin embargo, los avances conviven hoy con nuevos desafíos como el crecimiento de los discursos antiderechos, la violencia digital, las desigualdades en el acceso a las tecnologías y las disputas sobre el sentido mismo de la educación.
En esta conversación, Lourdes del Carmen Angulo Salazar, Malú Valenzuela Gómez Gallardo y Betsey Cecilia Valdivia López, tres referentes de la Red de Educación Popular entre Mujeres (REPEM), revisitan esta trayectoria y reflexionan sobre los retos que marcarán el futuro de la educación no sexista y la educación transformadora de género (ETG) en América Latina y el Caribe.
Las entrevistadas
- Lourdes del Carmen Angulo Salazar es antropóloga mexicana e investigadora especializada en educación superior, género y derechos humanos.
- Malú Valenzuela Gómez Gallardo integra el Consejo Directivo del Grupo de Educación Popular entre Mujeres (GEM), de México, donde coordina el Proyecto de Educación para la Paz.
- Betsey Cecilia Valdivia López es socióloga peruana e integrante de la Red de Educación Popular entre Mujeres (REPEM).
Lee la entrevista completa a continuación:
Entrevista
¿Cómo surgió la propuesta de una educación no sexista en América Latina?
Lourdes del Carmen Angulo Salazar: la propuesta surgió a comienzos de la década de 1980, en un momento atravesado por las dictaduras y los procesos de transición democrática en buena parte de América Latina y el Caribe. Desde distintos espacios comenzamos a reconocer que tanto la educación formal como la no formal contribuían a reproducir la subordinación de las mujeres.
En ese contexto, identificamos dos grandes desafíos. El primero era denunciar el sexismo presente en la educación: los contenidos curriculares, los materiales didácticos, las prácticas pedagógicas y los mensajes que asignaban roles distintos y desiguales a mujeres y hombres desde la infancia.
El segundo era promover el derecho de las mujeres a una educación inclusiva, democrática y respetuosa de la diversidad. No bastaba con cuestionar los contenidos; era necesario garantizar el acceso de las mujeres y las niñas – especialmente en zonas rurales, comunidades indígenas y sectores populares— a una educación de la que históricamente habían sido excluidas.
Malú Valenzuela Gómez Gallardo: ese proceso coincidió con la expansión de la educación popular en América Latina. En aquellos años todavía existía mucha resistencia dentro de algunos movimientos sociales, donde se afirmaba que el feminismo dividía las luchas. Nuestro desafío, fue demostrar exactamente lo contrario: que la igualdad de género fortalecía los procesos democráticos y de transformación social.
También comprendimos que era indispensable incidir en las políticas públicas. Por eso una de las prioridades fue trabajar con los ministerios de educación y con la formación docente. Si las y los docentes seguían reproduciendo prácticas machistas y sexistas en las aulas, los cambios estructurales serían muy difíciles de alcanzar.
Esa incidencia también tuvo impacto en los procesos internacionales impulsados por las Naciones Unidas durante la década de 1990 y en espacios como la Conferencia Internacional de Educación de Adultos, celebrada en Hamburgo en 1997, donde comenzó a hablarse de educación de personas jóvenes y adultas (EPJA) desde una perspectiva más inclusiva y con enfoque de género.
Después de cuatro décadas de trabajo, ¿cuáles consideran que han sido los principales avances?
Lourdes del Carmen Angulo Salazar: el primero es, sin duda, el desarrollo de marcos normativos. Hoy prácticamente todos los países de la región reconocen el derecho a la educación desde la perspectiva de los derechos humanos y de la igualdad de género. Existen leyes de educación sexual integral (ESI), políticas orientadas a la igualdad de trato y programas específicos para promover una educación libre de discriminación.
Otro avance importante es la consolidación de un lenguaje común. Organismos internacionales como la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) y UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), junto con redes feministas y organizaciones de la sociedad civil, han producido declaraciones, guías, materiales pedagógicos y programas de formación que han contribuido a institucionalizar esta agenda.
Finalmente, destacaría el desarrollo conceptual alcanzado en estos años. Ya no hablamos únicamente de desigualdades entre mujeres y hombres. Hoy comprendemos que las discriminaciones se entrecruzan. El enfoque de la interseccionalidad nos permite reconocer cómo el género se articula con otras dimensiones, como la pobreza, la pertenencia étnica, la discapacidad, la orientación sexual o el lugar donde viven las personas.
Betsey Cecilia Valdivia López: también hemos visto avances muy concretos en el acceso a la educación. La brecha de analfabetismo entre mujeres y hombres se ha reducido significativamente en muchos países, aunque todavía persisten desigualdades importantes, especialmente entre mujeres rurales e indígenas.
Otro cambio relevante ha sido cuestionar la idea de que existen profesiones u oficios “para hombres” y “para mujeres”. Durante muchos años impulsamos iniciativas para que las mujeres accedieran a áreas tradicionalmente masculinizadas, como la electricidad, la carpintería, la minería o la aeronáutica. Esa transformación cultural también forma parte de la educación no sexista.
Hoy vemos a muchas más mujeres ocupando espacios antes impensables. Sin embargo, todavía queda mucho camino por recorrer para romper definitivamente con esos estereotipos. Pero esos avances conviven con importantes desafíos…
Lourdes del Carmen Angulo Salazar: exactamente. Existe todavía una distancia considerable entre las leyes y la realidad cotidiana de las escuelas.
Persisten sesgos sexistas en los materiales educativos, en las expectativas que el profesorado tiene sobre niñas y niños, en la orientación vocacional y en la manera en que se siguen asociando determinadas áreas del conocimiento con uno u otro género.
Además, enfrentamos un escenario que hace algunos años parecía impensable: el fortalecimiento de movimientos profundamente conservadores que buscan revertir derechos ya conquistados. En varios países se intenta eliminar la perspectiva de género de las escuelas, cuestionar la ESI [Educación Sexual Integral] y desacreditar el trabajo de quienes promueven una educación basada en los derechos humanos.
No se trata únicamente de un debate pedagógico. Es una disputa política sobre el sentido mismo de la educación y sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Los nuevos desafíos: ¿qué cambió en la agenda de la educación no sexista?
Las entrevistadas coinciden en que, si bien los principios de la educación no sexista siguen vigentes, el contexto ha cambiado sustancialmente. La irrupción de las tecnologías digitales, las nuevas formas de violencia, el fortalecimiento de los movimientos antiderechos y la ampliación de los debates sobre diversidad exigen actualizar las estrategias construidas hace cuatro décadas.
Malú Valenzuela Gómez Gallardo: hoy la agenda ya no puede limitarse a la escuela. Necesitamos una estrategia mucho más amplia de educación popular feminista, capaz de responder a las transformaciones sociales que vivimos.
Uno de los principales desafíos es el trabajo con las juventudes. Vemos una enorme capacidad de movilización: miles de jóvenes ocupan las calles cada 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer) o cada 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer). Sin embargo, también percibo una fragilidad en los procesos de formación política.
Vivimos en una sociedad profundamente marcada por el individualismo. El modelo económico promueve la competencia y la idea de que solo importa la experiencia personal. Frente a eso, necesitamos recuperar una perspectiva colectiva e intergeneracional.
Las generaciones jóvenes tienen mucho que enseñarnos, pero también es importante que conozcan la historia de las luchas feministas y comprendan que los derechos conquistados no aparecieron de manera espontánea.
Además, observamos fenómenos muy preocupantes, como el crecimiento de comunidades misóginas en internet o la circulación de discursos profundamente antifeministas entre jóvenes. Son expresiones de una violencia que debemos enfrentar también desde la educación.
La revolución digital también necesita una perspectiva feminista.
Otro de los grandes desafíos señalados por las entrevistadas es el impacto de la transformación tecnológica sobre las desigualdades de género.
Malú Valenzuela Gómez Gallardo: hace algunos años investigué el acceso de las mujeres a las tecnologías digitales y los datos eran alarmantes. Millones de mujeres en América Latina todavía no tenían acceso a internet, a computadoras o incluso a electricidad en sus comunidades.
Pero el problema no es únicamente el acceso. También debemos preguntarnos quién diseña las tecnologías, qué conocimientos incorporan y desde qué perspectivas se desarrollan.
Si la inteligencia artificial (IA) aprende únicamente de una sociedad desigual, terminará reproduciendo los mismos estereotipos y prejuicios que intentamos combatir.
Necesitamos disputar, también, ese espacio. La tecnología puede convertirse en una herramienta para ampliar derechos, pero solo si incorpora una perspectiva de género desde su diseño y desarrollo.
Betsey Cecilia Valdivia López: muchas veces creemos que entregar un teléfono celular resuelve el problema de la inclusión digital, pero no es así. En muchos casos las mujeres cuentan con dispositivos muy limitados, sin acceso estable a internet o con escasas posibilidades de aprovechar las oportunidades educativas que ofrece el mundo digital. El verdadero desafío consiste en garantizar el acceso al conocimiento.
Además, han surgido nuevas formas de violencia que afectan especialmente a niñas y adolescentes. Hoy enfrentamos el acoso digital, la explotación sexual a través de internet y mecanismos de manipulación que hace algunos años ni siquiera imaginábamos.
Algunos países ya comenzaron a desarrollar normas para enfrentar estas situaciones, pero todavía queda mucho por hacer para proteger efectivamente a las niñas, adolescentes y jóvenes.
Más allá de la igualdad: una educación transformadora de género
Las transformaciones sociales también han ampliado el horizonte de la educación no sexista. Si en la década de 1980 el principal objetivo era cuestionar la discriminación contra las mujeres dentro de los sistemas educativos, hoy la discusión incorpora la Educación Transformadora de Género, con nuevas dimensiones relacionadas con la diversidad, la producción del conocimiento y la democratización de las instituciones educativas.
Lourdes del Carmen Angulo Salazar: No se trata solamente de incorporar contenidos sobre igualdad en los programas educativos. Se trata de revisar críticamente cómo producimos conocimiento, quiénes son reconocidos como sujetos legítimos para producirlo y cuáles experiencias continúan siendo invisibilizadas.
En la educación superior, por ejemplo, el desafío consiste en que la perspectiva de género atraviese de manera transversal la enseñanza, la investigación y la formación profesional.
Eso significa abrir espacio para que dialoguen distintos modos de construir conocimiento: los saberes indígenas, afrodescendientes, comunitarios, feministas y de las diversidades sexuales junto con las formas tradicionales de producción científica.
Necesitamos una universidad capaz de reconocer que existen múltiples maneras de comprender el mundo y que todas ellas enriquecen la producción de conocimiento.
Ningún país puede enfrentar estos desafíos en soledad
Las tres entrevistadas coinciden en que la defensa de una educación transformadora de género requiere fortalecer las alianzas entre organizaciones feministas, movimientos sociales y redes regionales.
Malú Valenzuela Gómez Gallardo: hay un desafío que considero fundamental: no podemos permitir retrocesos. Muchos derechos conquistados durante décadas de movilización hoy están siendo cuestionados. Por eso necesitamos fortalecer el trabajo con los ministerios de educación, con las universidades, con las organizaciones de la sociedad civil (OSC) y con los organismos internacionales.
También debemos profundizar la articulación entre redes como REPEM, CLADE y otros espacios regionales. América Latina y el Caribe enfrentan problemas comunes y necesitan respuestas colectivas.
Tenemos que estar presentes en los debates internacionales, construir agendas compartidas y fortalecer nuestra capacidad de incidencia política. Solo así podremos responder a los desafíos que vienen.
Betsey Cecilia Valdivia López: en Perú estamos viviendo retrocesos muy preocupantes.
Se han impulsado medidas que suspenden la aplicación del enfoque de género y afectan seriamente los programas de educación sexual integral.
Al mismo tiempo, algunas autoridades llegan incluso a justificar situaciones gravísimas, como la violencia sexual contra niñas indígenas, argumentando que forman parte de prácticas culturales.
Por eso hoy nuestra tarea no consiste únicamente en conquistar nuevos derechos. También debemos defender aquellos que ya habíamos logrado. La solidaridad regional será fundamental para enfrentar este contexto.
“El 21 de junio sigue siendo una fecha política”
¿Por qué sigue siendo importante mantener el Día Internacional por una Educación No Sexista en la agenda pública?
A 45 años de la instauración del 21 de junio como una fecha de movilización feminista en América Latina y el Caribe, las entrevistadas coinciden en que la conmemoración mantiene plena vigencia. En un contexto de disputas sobre el sentido de la educación, los derechos humanos y la igualdad de género, sostener esta agenda constituye también un acto de resistencia democrática.
Lourdes del Carmen Angulo Salazar: precisamente porque los cambios sociales nunca son lineales. Los avances pueden retroceder y los derechos conquistados no son irreversibles. Es necesario defenderlos permanentemente.
Hoy vivimos una fuerte disputa sobre el significado de la educación. Hay sectores que buscan eliminar la perspectiva de género de las escuelas, cuestionar la diversidad sexual e incluso desmantelar instituciones dedicadas a proteger los derechos de las mujeres y los derechos humanos. Por eso conmemorar el 21 de junio no es un gesto simbólico vacío. Es una acción política. Es una manera de afirmar que la educación no sexista continúa siendo una prioridad para nuestras sociedades.
Además, el sexismo educativo no ha desaparecido; simplemente ha cambiado de forma. Hoy se expresa en la violencia digital, en la censura de contenidos sobre género, en la persecución de docentes, en los sesgos algorítmicos de la inteligencia artificial, en la exclusión de niñas indígenas, afrodescendientes, con discapacidad o en situación de pobreza, y también en la falta de reconocimiento del trabajo de cuidados como un tema central para la educación.
Tenemos una agenda amplia y compleja que exige nuevas respuestas sin abandonar las luchas históricas.
¿Qué mensaje les gustaría compartir con las nuevas generaciones?
Las tres entrevistadas coinciden en que la defensa de una educación no sexista sigue siendo una tarea colectiva y profundamente vigente.
Lourdes del Carmen Angulo Salazar: me gustaría decirles que la educación no sexista no es una moda ni una consigna pasajera. Es una condición para la democracia.
Cada vez que una niña puede imaginar un futuro libre de los mandatos de género; cada vez que un niño aprende que cuidar también forma parte de la vida y que eso no disminuye su valor; cada vez que una escuela reconoce la diversidad y nombra las violencias que existen, toda la sociedad gana en libertad.
Educar no puede significar reproducir obediencias. Debe significar formar personas capaces de pensar críticamente, ejercer plenamente sus derechos y construir sociedades más justas. Ese horizonte continúa siendo fundamentalmente necesario.
Malú Valenzuela Gómez Gallardo: mientras exista una sola violación a los derechos de las mujeres, de las niñas o de las jóvenes, seguiremos luchando por la dignidad humana.
Necesitamos ser estratégicas y fortalecer las alianzas entre REPEM, CLADE, los movimientos feministas y otras organizaciones de la región. Hay países que hoy enfrentan retrocesos especialmente graves y requieren una solidaridad activa desde América Latina y el Caribe.
Nuestra lucha tiene una larga historia, pero está lejos de haber terminado. La educación no sexista transforma vidas. El feminismo nos permite imaginar y construir una vida más digna para todas las personas.
Tenemos que seguir disputando el sentido común, fortaleciendo la participación democrática y abriendo camino para las generaciones que vienen.
Betsey Cecilia Valdivia López: me gustaría que este 21 de junio nos convocara a pensar nuevamente la educación desde los derechos.
Cuando hablamos de educación no sexista hablamos del derecho a vivir con dignidad, libres de violencia y con igualdad de oportunidades.
Todavía quedan muchos desafíos por delante, pero también sabemos que la organización colectiva ha demostrado ser capaz de transformar la realidad. Ese sigue siendo nuestro mayor aprendizaje.
Una agenda para el presente y el futuro
Cuarenta y cinco años después de que organizaciones feministas latinoamericanas impulsaran la propuesta de una educación no sexista, el escenario es muy distinto al de comienzos de la década de 1980. Se han conquistado leyes, políticas públicas, programas de formación docente y marcos conceptuales que han ampliado derechos y transformado las instituciones educativas.
No obstante, los desafíos también se han multiplicado. El avance de los movimientos antiderechos, la violencia basada en género, las desigualdades digitales, los sesgos de la inteligencia artificial y las disputas en torno a la educación sexual integral muestran que las conquistas alcanzadas no pueden darse por garantizadas.
Para Lourdes del Carmen Angulo Salazar, Malú Valenzuela Gómez Gallardo y Betsey Cecilia Valdivia López, la respuesta sigue siendo la misma que inspiró el nacimiento de REPEM hace más de cuatro décadas: fortalecer la organización colectiva, construir alianzas regionales y defender una educación que promueva la igualdad, la justicia social y el ejercicio pleno de los derechos humanos.
Porque, como recuerdan las entrevistadas, la educación no sexista no pertenece al pasado. Sigue siendo una condición indispensable para construir democracias más inclusivas, sociedades libres de violencia y un futuro donde todas las personas puedan aprender, vivir y desarrollarse en igualdad.




