Voces jóvenes de América Latina y el Caribe sobre la educación más allá del 2030

Por: Israel Coelho Quirino

Revisión: María Cianci Bastidas

Las juventudes de América Latina y el Caribe plantean una educación más allá de 2030 centrada en derechos, justicia social y climática, participación y transformación. Desde la región, llaman a pasar de la consulta a una participación juvenil con influencia real en las decisiones educativas.

Con poco más de cuatro años para concluir la Agenda 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el mundo está en una encrucijada. Por un lado, es fundamental acelerar el cumplimiento de los 17 ODS, bajo un escenario de avance demasiado lento o incluso de retroceso a etapas anteriores a 2015. Por otro lado, está cada vez más presente el debate sobre lo que viene después del 2030, en que distintas voces discuten cuál será la agenda que debe orientar el desarrollo global para los próximos años.

En este contexto, la Campaña Mundial por la Educación (CME) convocó a las juventudes de distintas partes del mundo para un Debate global sobre la educación más allá del 2030. El evento, realizado en el marco del Día Internacional de las Juventudes, es el aporte de la CME al llamado de la UNESCO para que las juventudes envíen sus contribuciones al debate global sobre educación después del 2030. El evento estuvo dividido en cuatro sesiones: nuestra visión para el futuro, reimaginar la educación, las juventudes como co-creadoras de la educación, y de la consulta a la rendición de cuentas.

Las voces representantes de diferentes regiones contribuyeron a la construcción conjunta de la mirada de las juventudes de la CME sobre el tema. Desde el Grupo de Trabajo (GT) de Juventudes CLADE estuvieron Caleb Semo Quispe y Naimath Mendez, de la Campaña Boliviana por el Derecho a la Educación, Sol Maidana, de la Campaña Argentina por el Derecho a la Educación (CADE) , y Steven Salgado, del Foro Dakar Honduras. Se comparten sus intervenciones, desarrolladas colectivamente desde el GT de Juventudes CLADE.

Nuestra visión para el futuro

Como jóvenes queremos vivir en un mundo donde la paz no solo sea el resultado del diálogo, la justicia y el respeto mutuo; la democracia garantice una participación real de todas las personas; la igualdad elimine las barreras que todavía enfrentamos las mujeres, pueblos indígenas, personas con discapacidad, poblaciones LGBTIQ+ y otros grupos históricamente excluidos.

Queremos un mundo que enfrente la crisis climática con responsabilidad, el desarrollo económico sea sostenible y los derechos humanos sean el fundamento de todas las decisiones. Un mundo en el que la tecnología esté al servicio de las personas, reduzca desigualdades y fortalezca la educación, en lugar de profundizar las brechas existentes. 

En un mundo interconectado, necesitamos grandes desafíos —el cambio climático, las migraciones, la pobreza y la desigualdad— solo pueden resolverse mediante la cooperación. 

Para que la educación contribuya a crear este futuro, debe dejar de ser un espacio donde únicamente se transmiten conocimientos y convertirse en uno donde se formen jóvenes capaces de transformar su realidad.

En el que se desarrolle el pensamiento crítico para cuestionar la desinformación y los discursos de odio; en el que se encuentren soluciones innovadoras; se fortalezca la empatía para convivir en sociedades diversas; y se promueva la participación para que las juventudes sean protagonistas de las decisiones que afectan sus vidas.

Necesitamos ser jóvenes con diferentes competencias para enfrentar los desafíos de una economía cambiante; estar comprometidos con la democracia y los derechos humanos; ser innovadores, capaces de responder a los problemas sociales y ambientales; estar comprometidos con los liderazgos y el compromiso para impulsar transformaciones positivas en nuestras comunidades.

El mundo en el que vivimos necesita personas que integren todas estas capacidades y comprendan que el éxito individual también implica una responsabilidad con el bienestar colectivo.

Para ello, los futuros sistemas educativos deben fundamentarse en valores que fortalezcan tanto a las personas como a las sociedades:

Si queremos un futuro más justo, más pacífico y más sostenible, debemos transformar la educación desde hoy.

Nosotros y nosotras como jóvenes, no queremos ser preparados únicamente para adaptarnos al futuro. Queremos desarrollar las capacidades, los valores y las oportunidades para construirlo. La educación debe ser el motor que convierta esa visión en una realidad compartida. 

Reimaginar la educación

Cuando hablamos de educación, muchas veces pensamos en aulas, profesores, libros y exámenes. Pero creemos que hoy tenemos que hacernos una pregunta mucho más profunda: ¿la educación que estamos recibiendo realmente nos está preparando para la vida que vamos a enfrentar?

Consideramos que la escuela no debería seguir priorizando los exámenes como principal forma de evaluar. Una nota no define quiénes somos, nuestra capacidad, nuestra creatividad ni nuestro potencial. Necesitamos avanzar hacia una evaluación auténtica, donde podamos demostrar lo que aprendemos resolviendo problemas reales, trabajando en equipo, creando proyectos, reflexionando y aplicando nuestros conocimientos a nuestra comunidad.

Porque aprender no debería ser solamente memorizar para aprobar un examen. Aprender debería significar adquirir herramientas para transformar nuestra realidad.

Y aquí también debemos preguntarnos: ¿qué debería enseñarnos la educación? Creemos que necesitamos una educación que nos prepare para los desafíos actuales: el cambio climático, la salud mental, la alfabetización financiera, el compromiso cívico, la ciudadanía digital, la construcción de paz y también el conocimiento de nuestros pueblos y culturas originarias.

Consideramos fundamental el compromiso cívico y la consolidación de la paz, porque necesitamos jóvenes capaces de participar, dialogar, respetar nuestras diferencias y construir sociedades más justas e inclusivas.

También debemos hablar de salud mental, porque no podemos pedirle a una persona joven que aprenda, que produzca y que construya su futuro si no estamos preocupados por su bienestar.

Y quiero detenerme especialmente en algo: ¿cómo debería suceder el aprendizaje? Para nosotras y nosotros, el aprendizaje debe ser en comunidad. Como estudiantes, también tenemos conocimientos. Las y los docentes tienen experiencias y herramientas pedagógicas, pero nosotras y nosotros tenemos nuestras propias experiencias, nuestras realidades y nuestras formas de ver el mundo.

Por eso, una educación verdaderamente participativa debe escuchar a las juventudes y permitirnos ser protagonistas de nuestro propio proceso educativo.

Y finalmente está la inteligencia artificial. No creemos que la IA deba reemplazar a las y los docentes. Creemos que la IA debe trabajar junto a las y los docentes. La Inteligencia Artificial puede abrir enormes oportunidades para aprender, investigar, crear y acceder a nuevas herramientas. Pero también tenemos que hablar de equidad, porque no todas las juventudes tienen acceso a dispositivos, internet o conectividad.

Entonces, no podemos pensar en una educación del futuro que termine aumentando las brechas existentes. La tecnología debe estar al servicio de la educación, y no reemplazar el vínculo humano que existe entre estudiantes y educadores. En conclusión, soñamos con una educación que no solamente nos prepare para responder correctamente un examen, sino que nos prepare para vivir, participar, emprender, cuidar nuestro planeta, cuidar nuestra salud mental, convivir con nuestras diferencias y transformar nuestras comunidades.

Las juventudes como co-creadoras de la educación

Consideramos que las acciones que las juventudes toman son muy diversas, es decir, en el último tiempo los movimientos estudiantiles y la militancia en general estuvieron atravesando momentos complicados debido al contexto social, político y económico en América Latina y el Caribe. Esto hizo que las juventudes se vean un poco avasalladas por lo que sucede en el cotidiano. No quiere decir que no se están llevando acciones a cabo.

En Argentina la participación y la presencia de los centros de estudiantes es fundamental, ya que estos mismos crean espacios de debate reales y son muy importantes en el acompañamiento de acciones y toma de decisiones. 

Consideramos que los espacios como CADE, CLADE, CME también son acciones que las juventudes ejercemos, ya que nos brindan herramientas y nos acercan a otras realidades y al mismo tiempo nos invita a debatir ¿qué es lo que queremos para los años siguientes?

Por eso como juventudes también debemos cuidar de estos espacios, defenderlos y formar parte de cada proceso, acciones y formaciones que espacios como los nuestros nos ofrecen.

En lo personal, creemos que estos espacios forman y crean muchos líderes juveniles, con los cuales compartimos espacios, ideas y mucho tiempo trabajando colectivamente, esos mismos líderes son compañeros y compañeras nuestras, que pueden posicionarse y alzar la voz de todos los que conformamos espacios por nuestro ideal del derecho a la educación. Esto nos impulsa y nos hace ver que con pequeñas acciones podemos hacer mucho más de lo que creemos. 

Teniendo en cuenta que las juventudes somos motor principal de muchos cambios y tenemos ganas de seguir formando nuestro destino, el involucramiento de juventudes con los gobiernos y viceversa es clave. Creemos que los gobiernos deberían crear más espacios de escucha activa, y también de toma de decisiones. Crear espacios o programas  que permitan a jóvenes ser parte de una planificación a futuro real y no solo para quede en la foto.

De la consulta a la rendición de cuentas

En América Latina y el Caribe, las juventudes no han esperado a ser invitadas para defender y transformar la educación. Nuestra región tiene una larga memoria estudiantil. Generaciones de jóvenes han salido de las aulas para defenderlas; han exigido una educación pública, gratuita, inclusiva y libre de violencia; han cuestionado sistemas profundamente desiguales y han recordado que la educación no es una mercancía ni un privilegio, sino un derecho.

En Chile, las movilizaciones estudiantiles colocaron la desigualdad educativa y el financiamiento en el centro de la agenda pública. En Colombia, el movimiento estudiantil no se limitó a rechazar una reforma de la educación superior: también organizó un proceso nacional para construir una propuesta alternativa. Estas experiencias, junto con muchas otras luchas en Centroamérica y el Caribe, demuestran algo esencial: las juventudes no solamente identifican problemas. También construyen propuestas, movilizan comunidades y generan cambios.

Pero esta historia también revela una contradicción: ¿Por qué las juventudes deben organizar movilizaciones extraordinarias para conseguir una influencia que debería estar garantizada de manera ordinaria dentro de la gobernanza educativa?

Con demasiada frecuencia, se nos consulta cuando las prioridades ya fueron definidas. Compartimos nuestras experiencias, formulamos recomendaciones y participamos en eventos; pero después no siempre sabemos qué ocurrió con nuestras propuestas, quién las recibió o si influyeron en alguna decisión. Por eso, el desafío para la agenda educativa posterior a 2030 no es simplemente crear más consultas. Es garantizar que cada consulta tenga consecuencias.

La participación juvenil es significativa cuando existe una ruta visible entre nuestra voz y las decisiones. Esa ruta debe sostenerse en tres garantías: influencia, respuesta y recursos.

Primero, influencia. Las juventudes deben participar antes de que las decisiones estén tomadas: desde la identificación de los problemas hasta el diseño, la implementación y la evaluación de las políticas. Esto requiere espacios permanentes de participación dentro de los sistemas educativos, con representación diversa y reglas claras sobre cómo las recomendaciones juveniles serán consideradas. No se trata de sustituir a los gobiernos ni a las instituciones. Se trata de reconocer que las decisiones educativas son más legítimas y más pertinentes cuando incorporan el conocimiento de quienes viven diariamente sus consecuencias.

Segundo, respuesta. Todo proceso de consulta debe incluir una devolución clara. Los gobiernos deben comunicar qué recomendaciones recibieron, cuáles incorporarán, cuáles no y por qué. Esa información debe ser pública, comprensible y accesible para las juventudes de distintos territorios, no únicamente para quienes dominan el lenguaje técnico o tienen acceso constante a los espacios institucionales. Las organizaciones internacionales también pueden fortalecer este principio conectando las consultas que promueven con sus procesos de planificación, seguimiento y toma de decisiones. Este debate ya representa un avance importante. El siguiente paso es que podamos observar cómo sus conclusiones viajan desde este espacio hasta la agenda posterior a 2030 y, posteriormente, cómo esa agenda regresa a las juventudes en forma de compromisos verificables.

Tercero, recursos. No existe participación equitativa cuando solamente pueden sostenerla quienes tienen conexión, tiempo, transporte, formación o recursos propios. Las iniciativas dirigidas por jóvenes necesitan mecanismos de financiamiento accesibles, transparentes y adecuados a sus capacidades. Financiar la participación juvenil no significa pagar por nuestra voz. Significa remover las barreras que impiden que muchas voces lleguen a los espacios donde se decide: las de juventudes rurales, indígenas, afrodescendientes, migrantes, con discapacidad y de comunidades históricamente excluidas. La educación más allá de 2030 no debería construir una nueva agenda utilizando los mismos límites de participación que hoy intentamos superar.

Desde América Latina y el Caribe, no llegamos únicamente a pedir un lugar para hablar. Llegamos con la memoria de movimientos estudiantiles que han defendido la educación como un derecho y con la experiencia de juventudes que ya están creando soluciones en sus comunidades.

Nuestra propuesta es concreta: Toda participación juvenil debe contar con una ruta de influencia, una respuesta institucional y los recursos necesarios para sostenerse. Porque ser escuchados es importante, pero ya no es suficiente. La participación de las juventudes solo será significativa cuando pueda dejar una huella verificable en las decisiones. No estamos pidiendo más consultas. Estamos proponiendo que cada consulta tenga consecuencias.

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