De cómo las subjetividades de nuestro continente están “predispuestas” al fascismo

Por: Nelsy Lizarazo

Artículo que opinión escrito por Nelsy Lizarazo, coordinadora general de la CLADE, que sostiene que los fascismos contemporáneos en la región se fortalecen a partir de subjetividades moldeadas por la aceleración del tiempo, la fragmentación de los relatos colectivos, el miedo y el debilitamiento de los vínculos comunitarios y democráticos.

La CLADE participó de las “Reflexiones sobre el mundo después del fascismo” que se desarrollaron en Canadá entre los días 1 y 5 de junio convocada por Alternatives, en el marco del encuentro de la red transnacional Solidaridad Global contra el Fascismo (GSAF, por sus siglas en inglés) que permitieron compartir perspectivas y análisis sobre la coyuntura global y forjar nuevos lazos transnacionales de solidaridad.

El análisis sostiene que los fascismos contemporáneos en la región se fortalecen a partir de subjetividades moldeadas por la aceleración del tiempo, la fragmentación de los relatos colectivos, el miedo y el debilitamiento de los vínculos comunitarios y democráticos. También se plantea que la hiperconexión, la normalización gradual de la violencia, el avance del crimen organizado y las respuestas autoritarias erosionan las capacidades democráticas de diálogo, participación y reconocimiento del otro.

Se reivindica el papel de la educación, la pedagogía crítica, la memoria, la organización colectiva y las experiencias democráticas de la sociedad civil para reconstruir comunidad, imaginar futuros compartidos y fortalecer subjetividades democráticas. Compartimos la intervención de Nelsy Lizarazo, coordinadora general de la CLADE:

Imaginar el futuro y las subjetividades

Quisiera empezar retomando una idea que atraviesa profundamente este encuentro: la necesidad de imaginar el futuro y de construirlo desde ahora, todos los días, mientras seguimos vivos. Hay allí algo profundamente político y profundamente humano. Porque hablar de fascismos contemporáneos no implica únicamente analizar gobiernos, partidos o figuras públicas; implica también preguntarnos qué tipo de subjetividades, sensibilidades y formas de vida se están produciendo en nuestras sociedades.

Y quizás ahí aparece una pregunta fundamental: ¿cómo se han configurado —y cómo continúan configurándose— las subjetividades que no solo votan por propuestas autoritarias, sino que además aceptan, normalizan o incluso reproducen prácticas de corte fascista en la vida cotidiana?

Hablamos de fascismos en plural porque las expresiones autoritarias que hoy atraviesan América Latina y el Caribe no son idénticas entre sí. No operan exactamente de la misma manera los gobiernos de ultraderecha, ciertas derechas tradicionales o incluso algunos proyectos de centro que incorporan discursos de securitización, militarización y control social. Sin embargo, más allá de sus diferencias, existe algo que nos preocupa profundamente: las condiciones subjetivas que vuelven posibles esas expresiones.

Porque la educación no se limita a transmitir contenidos; participa activamente en la formación de sensibilidades, imaginarios, afectos, modos de relacionarnos con el tiempo, con el conflicto, con el miedo, con los otros y con la idea misma de futuro.

Esta pregunta tiene para nosotros una dimensión particularmente importante desde el lugar de la educación. Porque la educación no se limita a transmitir contenidos; participa activamente en la formación de sensibilidades, imaginarios, afectos, modos de relacionarnos con el tiempo, con el conflicto, con el miedo, con los otros y con la idea misma de futuro. Allí radica quizás una de nuestras mayores responsabilidades.

No pretendemos ofrecer respuestas definitivas ni cerrar una discusión que es profundamente compleja. Apenas queremos compartir algunas reflexiones construidas desde experiencias regionales, desde el trabajo educativo, desde voces territoriales, juventudes, investigaciones periodísticas, producciones artísticas y múltiples conversaciones colectivas.

Y también queremos decir algo desde el inicio: estas reflexiones no desconocen la larga matriz histórica sobre la cual se construyeron nuestras sociedades. Las subjetividades latinoamericanas y caribeñas no nacen en el vacío. Están atravesadas por la colonialidad aún vigente, por repúblicas fundadas sobre exclusiones profundas, por sistemas sociales que desde su origen clasificaron cuerpos, territorios y vidas entre aquellas que merecían protección y aquellas consideradas prescindibles. Tal vez esa matriz histórica sea precisamente una de las condiciones que facilitan lo que hoy estamos viendo emerger con tanta fuerza.

La velocidad como eficiencia y la pausa como fracaso

Uno de los fenómenos más visibles de nuestro tiempo es la aceleración del tiempo. La inmediatez se ha convertido en un valor dominante. Todo debe ocurrir ahora: las respuestas, el éxito, el entretenimiento, la información, las emociones, las opiniones políticas e incluso las relaciones humanas. La velocidad aparece como eficiencia y la pausa como fracaso.

Pero esta aceleración no es solo tecnológica o económica; transforma profundamente nuestras formas de sentir y de pensar. La democracia necesita tiempo. Necesita escucha, deliberación, desacuerdo, organización colectiva, procesos largos. Sin embargo, las subjetividades contemporáneas están cada vez más moldeadas por una lógica exactamente opuesta: la del resultado inmediato.

Poco a poco, la política deja de pensarse como espacio común y se evalúa con la lógica de una aplicación

Esta lógica de resultado inmediato es una construcción del modelo económico de nuestro tiempo, que exige máxima productividad de todas las personas que trabajan y que estudian. Este modelo agotador e insostenible es incompatible con una democracia fuerte, que exige tiempo de dedicación a los movimientos, asociaciones y procesos participativos. El discurso fascista se aprovecha del agotamiento y de la pobreza de tiempo para promocionar una transformación de la política en burocracia, para que unos pocos puedan tomar decisiones sin un sistema político que demande participación ciudadana.

En ese contexto, cualquier proceso político complejo empieza a percibirse como inútil, lento o incapaz. El debate se reemplaza por la consigna; la reflexión por la reacción; la construcción colectiva por la expectativa de que alguien resuelva rápidamente los problemas. Poco a poco, la política deja de pensarse como espacio común y se evalúa con la lógica de una aplicación: si no produce resultados instantáneos, se desecha.

Sobre la cercanía humana

Al mismo tiempo, el espacio parece haberse achicado. Las tecnologías digitales permiten una conexión permanente y una circulación inmediata de imágenes, noticias y discursos. Sin embargo, esa hiperconexión no necesariamente produce cercanía humana. Más bien ocurre una paradoja: conocemos cada vez más imágenes del mundo mientras nos alejamos emocional y éticamente de las experiencias concretas de los otros.

El dolor ajeno se convierte en contenido. La violencia circula como espectáculo. Las personas dejan de percibirse como sujetos complejos y pasan a aparecer como perfiles, cifras, enemigos, amenazas o simples imágenes consumibles.

Y aquí aparece algo central: la crisis de la narración

Las sociedades necesitan relatos largos para sostener proyectos colectivos. Necesitan memoria histórica, continuidad entre generaciones, capacidad de conectar pasado, presente y futuro. Pero hoy predominan fragmentos: titulares, videos breves, indignaciones instantáneas, opiniones fugaces. Cada acontecimiento desplaza inmediatamente al anterior antes de que pueda ser comprendido.

Sin narración compartida se debilita también la posibilidad de imaginar futuros comunes. Y cuando desaparecen los horizontes colectivos, se fortalece la sensación de agotamiento, vacío e impotencia.

La conversación larga —esa donde se piensa, se escucha, se contrasta y se duda— va siendo reemplazada por la lógica del comentario inmediato. El insulto funciona mejor que el argumento porque es rápido, emocional y fácilmente viralizable. El debate democrático, en cambio, exige algo que las dinámicas contemporáneas erosionan constantemente: tiempo, atención y reconocimiento del otro como interlocutor legítimo.

Lo intolerable se vuelve discutible; luego aceptable; finalmente normal y las mismas opciones fascistas se convierten en normales dentro de los mecanismos formales de la democracia.

Por eso ciertas afirmaciones públicas que hace algunos años hubieran resultado intolerables hoy circulan con relativa normalidad. No necesariamente porque las sociedades hayan elaborado racionalmente nuevas convicciones autoritarias, sino porque disminuyeron los umbrales colectivos de sensibilidad frente a la violencia, la exclusión y la deshumanización.

Los fascismos contemporáneos avanzan muchas veces de ese modo: no irrumpen únicamente como ruptura espectacular, sino como proceso gradual de habituación y de erosión de la democracia. Lo intolerable se vuelve discutible; luego aceptable; finalmente normal y las mismas opciones fascistas se convierten en normales dentro de los mecanismos formales de la democracia.

Miedo y violencia en la cotidianidad

A ello se suma otro fenómeno profundamente inquietante: el miedo como organizador político de nuestras sociedades.

No hablamos únicamente de un miedo puntual, sino de un miedo atmosférico, permanente, difuso. El miedo a la violencia, al desempleo, a la precariedad, al futuro, al otro, a quedarse afuera, a no sobrevivir.

Y allí el avance del crimen organizado tiene un papel fundamental.

El crimen organizado no puede entenderse solamente como un fenómeno delictivo. En muchos territorios de América Latina y el Caribe opera como una forma de gobierno. Regula comportamientos, controla economías, define quién puede hablar, circular o vivir. Administra castigos, impone silencios y convierte la violencia en lenguaje cotidiano.

En esos contextos, la vida humana pierde valor y el miedo reorganiza completamente las relaciones sociales. Las personas aprenden a callar, a desconfiar, a sobrevivir individualmente. Se fracturan los vínculos comunitarios y se debilitan las posibilidades de acción colectiva.

Las juventudes aparecen particularmente atravesadas por estas dinámicas. En sociedades marcadas por la desigualdad, la precariedad, la violencia estatal y la ausencia de horizontes compartidos, las economías criminales ofrecen reconocimiento, pertenencia, protección y modelos inmediatos de éxito. No solo disputan territorios: producen subjetividades.

Y muchas veces esas lógicas terminan encontrando continuidad en respuestas estatales cada vez más autoritarias. La militarización, la vigilancia masiva, la suspensión de derechos y la expansión de políticas de “mano dura” empiezan a presentarse como inevitables.

La libertad deja de sentirse como posibilidad colectiva y empieza a experimentarse como riesgo.

Aquí aparece una cuestión clave: la mano dura no funciona únicamente como posición ideológica. Funciona también como respuesta afectiva. Cuando las sociedades viven atravesadas por el miedo, el agotamiento y la incertidumbre, el orden comienza a percibirse como uno de los pocos bienes imaginables. La libertad deja de sentirse como posibilidad colectiva y empieza a experimentarse como riesgo.

En ese contexto, muchas personas ya no desean participar políticamente; desean que alguien controle la situación. La demanda deja de ser democratizar la vida y pasa a ser simplemente sobrevivir.

Esto produce una transformación profunda de las sensibilidades democráticas. Porque la democracia no se sostiene solo en instituciones formales. También depende de ciertas disposiciones subjetivas: la capacidad de escuchar al otro, tolerar el desacuerdo, sostener procesos largos, defender derechos incluso en momentos de miedo y reconocer la dignidad de quienes son distintos.

Cuando esas capacidades se erosionan, la democracia puede mantenerse formalmente mientras pierde su cultura democrática profunda.

Y quizás aquí aparece uno de los problemas más difíciles de nuestro tiempo: vivimos en sociedades hiperconectadas, pero políticamente aisladas. Hay circulación permanente de opiniones, pero menos organización colectiva. Mucha expresión individual, poca construcción común. Mucha reacción inmediata, poca elaboración compartida.

El ciudadano se transforma progresivamente en usuario, consumidor o espectador.

Lo que estamos enfrentando hoy es profundo. Tiene que ver con las formas contemporáneas de experimentar el tiempo, el miedo, el cuerpo, el vínculo con los otros y la posibilidad misma de imaginar futuro.

Y tal vez ahí aparecen también nuestros desafíos políticos y pedagógicos más importantes.

¿Cómo reconstruir experiencias democráticas en una época organizada contra las condiciones mismas de la experiencia democrática?

¿Cómo volver a producir espacios de conversación real, de escucha, de cuidado y de organización colectiva?

¿Cómo reconstruir narraciones compartidas capaces de disputar el miedo y la fragmentación?

¿Cómo volver a politizar la vida, no desde el odio ni desde la simplificación, sino desde la capacidad de tejer comunidad?

Porque frente a la expansión de subjetividades predispuestas al fascismo, quizás la tarea más urgente sea justamente la contraria: reconstruir vínculos, sostener memorias, inventar futuros y defender obstinadamente la posibilidad de una vida común.

Procesos y herramientas para esta tarea ya están disponibles en nuestra región. A pesar de que hoy vemos una sociedad predispuesta al fascismo, hay construcciones históricas basadas en generar subjetividades democráticas. En este sentido, es importante recuperar a Freire, para buscar en la pedagogía de la esperanza los modos de dialogar y de construir conjuntamente nuestro futuro. Es pertinente retomar a Fals Borda, para cuestionar los modos de hacer política y generar evidencia sobre esta política que no escuchan a las comunidades afectadas. Como tercer punto, es relevante destacar las experiencias de la sociedad civil en democratizar nuestros países, que pueden inspirar modos de vida más democráticos.

Y finalmente, por supuesto, la CLADE sabe que las posibilidades de la educación, cuando se trata de generar pensamiento crítico, espacios de conocimiento y reconocimiento del Otro, capacidades de convivencia no-violenta, oportunidades de intercambio, diálogo, debate, consensos, decisiones y acciones colectivas, son posibilidades amplias que pueden tocar desde la niñez hasta la tercera edad; desde los espacios de los sistemas públicos de educación, hasta los espacios de la educación comunitaria y popular, desde la academia hasta las comunidades y viceversa.

Quizás es tiempo de retomar algo aparentemente simple, pero profundamente radical en estos tiempos: volver a mirarnos, volver a escucharnos y volver a imaginar juntos un mundo nuevo que ya está en marcha, pero al cual no dirigimos sistemáticamente la mirada, para fortalecer esas nuevas construcciones que anuncian el futuro que queremos y que merecemos.

Que no nos vaya a suceder lo que afirmó Fredric Jameson: “Alguien dijo una vez que es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”

Red de solidaridad transnacional contra el fascismo

Ante el avance de corrientes autoritarias, militaristas y de extrema derecha en distintas regiones del mundo, organizaciones y activistas de diversos países han impulsado la creación de una nueva articulación transnacional: la red Solidaridad Global contra el Fascismo (GSAF, por sus siglas en inglés). La iniciativa surge en un contexto marcado por el debilitamiento de los movimientos por la justicia global, el recrudecimiento de los conflictos armados y las crecientes amenazas a los derechos colectivos e individuales.

Según las organizaciones impulsoras, durante las primeras décadas del siglo XXI los movimientos antiglobalización y los espacios construidos alrededor de los foros sociales permitieron articular acciones políticas y movilizaciones internacionales frente a las políticas neoliberales y los acuerdos de libre comercio. Sin embargo, en los últimos años, estos procesos han enfrentado importantes desafíos, mientras el escenario global se ha visto atravesado por conflictos prolongados y profundas crisis políticas y humanitarias.

En este marco, la red GSAF fue constituida en junio de 2025 por organizaciones y activistas provenientes de una docena de países y de sus diásporas, con el objetivo de fortalecer la articulación internacional frente al crecimiento de proyectos políticos autoritarios. Como señala el documento de presentación de la iniciativa, “el giro hacia el autoritarismo y el militarismo en gran parte del mundo, junto con el giro hacia la extrema derecha en nuestras sociedades, presagia consecuencias aún más catastróficas para los movimientos por la justicia global”.

Un año después de su creación, durante la primera semana de junio de 2026, las y los integrantes de la red se reunieron por primera vez en Montreal y Otawa, Canadá, para compartir un proceso de planificación estratégica orientado a construir respuestas transnacionales frente al avance de la derecha autoritaria y sus impactos sobre las luchas por la justicia social, ambiental, laboral, feminista y por los derechos humanos.

La conformación de esta red refleja la preocupación creciente de diversos movimientos sociales por el debilitamiento de los marcos democráticos y la necesidad de fortalecer la solidaridad internacional como herramienta para la defensa de los derechos y la construcción de alternativas más justas e inclusivas.

Lee y descarga la intervención en inglés.

¡Apoya la CLADE!

Creemos que la educación puede transformar vidas, y también nuestras sociedades. Y .. ¡tú nos puedes ayudar!
Skip to content